Cuentínimo
Y se vieron, finalmente. Meses atrás, muchos meses, se vieran casi a diario. Se entregaron demasiado amor demasiado pronto. El amor se agotó y sólo les restaba el miedo cuando dejaron de frecuentarse. Aunque les costaba trabajo definirse el uno sin el otro, los asfixiaba también la consciencia de que sólo se podían vivir enteramente, sin restricciones, sin concesiones. Se sentaron uno frente...Read more

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Violeta Parra, el canto de todos

Punto Final
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Patricia Bravo y Patricia Stambuk, legítimas autoras de "Violeta Parra, el canto de todos", publicaron este modelo del género testimonial bajo el sello editorial Pehuén. Lo escribieron cuando estudiaban periodismo en la Universidad de Chile y participaban en un seminario sobre testimonios, en 1970. Para realizarlo, entrevistaron a los familiares y amigos más directos de Violeta. El golpe militar y la prejuiciada minusvaloración de tan importante obra, impidió la publicación, aunque circularon versiones parciales, sobre todo en el extranjero, donde no se les reconoció el crédito y, por cierto, muchos la usaron apropiándose de un trabajo señero. Cuarenta años después, aparece la edición definitiva que Patricia Bravo alcanzó a revisar y corregir antes de morir. El que quedara por primera vez en evidencia su autoría, constituye un hecho irrefutable y valioso.

En su trabajo, las noveles periodistas demostraron estar muy al día en lo tecnológico, pues usaban grabadora, algo muy poco frecuente en esa época. Patricia Stambuk compró en Punta Arenas una grande, de buena calidad y en lo práctico, era casi como llevar otra cartera. Este detalle es interesante, porque los testimonios tienen ese valor agregado de ser fidedignos y conservar el habla de cada informante.
Por sobre todo impresiona el respeto de las entrevistadoras para con sus entrevistados. Ellas desaparecen por completo, sin intervenir ni conducir las declaraciones y les dejan el protagonismo. El resultado es una biografía compuesta con elegancia, de calidad literaria superior, veraz, intensa, carente por completo del embellecimiento del recuerdo. De las diversas voces va surgiendo el retrato de Violeta Parra, artista genial, violenta, en constante lucha, “a palos con el águila” con la miseria; incomprendida, tierna, feroz, desorganizada, pero rigurosa en la creación; desordenada, “al lote”, charra de vestimenta, ajena por completo a la moda; decidida a volar y vivir como los pájaros sin someterse a ninguna atadura.

Muchas humillaciones


“Tuvo que pasar muchas rabias, muchas humillaciones hasta con sus compañeros. Le oían cantar una canción a lo divino y decían que estaba ‘cucú’”, dice su hermana Hilda. Para Violeta, lo macabro no sólo se desplegaba en el arreglo de los “angelitos”, poseía un tremendo enganche con la muerte. A su hija Carmen Luisa le advirtió: “Cuando uno quiere matarse, se mata calladita; yo nunca voy a decirte que mañana voy a matarme o que tengo ganas de matarme”. A Héctor Pavez le dijo: “Hay que morirse. Uno tiene que decidir la muerte ¡mandarla! No que la muerte venga a uno”.
Margot Loyola acuña una expresión admirable para definirla: “No le gustaba la permanencia”. Esto que se aplicaría a la renovación de sus amores, se extiende a su inquietud constante, a su búsqueda incansable, al desafío, al reto, a su tenacidad, a la gran aventura. 

Entrañables voces son las de su madre, Clarisa Sandoval, y sus hermanos Roberto, Lautaro, Oscar. Fueron sus amigos y la admiraron algunos de los más notables intelectuales de mediados del siglo XX: el fotógrafo Sergio Larraín, el director de Proarte, Enrique Bello, Tomás Lago, quien fue director del Museo de Arte Popular Americano, el arquitecto Fernán Meza.
Asombrosa aventura fue su llegada al Museo del Louvre, con la dirección en un papel que llevaba en la mano. La aceptaron, luego la rechazaron. Insistió entre lágrimas. ¡La aceptaron! Y hasta le dieron permiso para trabajar en el mismo Louvre; allí terminó la arpillera del Combate Naval de Iquique. Expuso sesenta y una obras: tapices, máscaras, esculturas en alambre, pinturas, en el Pabellón de Marsan -que se encuentra en el extremo noroeste del palacio del Louvre. Desde 1905, éste y los edificios adyacentes se dedican a las artes decorativas-. Hasta ella llegaron directores de museos de diversas ciudades europeas; a Roberto Matta le gustó todo y prometió ayudarla; hasta le ofrecieron un palacio italiano para exponer. Ella seguía ofreciendo funciones en el teatro.
Las autoras destacan que los instrumentos indispensables de Violeta eran la guitarra, el cuaderno y el lápiz. Ella escribió siempre, desde muchachita. Esa escritura, y su crear constante le permitieron superar las injusticias, el hambre e incomprensiones. Escribió y escribió toda la mañana el día que tomó la decisión inexorable. ¿Esos escritos, qué se hicieron?

Testimonio de los maridos

Entre sus muchos méritos, el libro contiene los fieles testimonios tanto de Luis Cereceda, primer marido y padre de Angel e Isabel, como de Luis Arce, su segundo marido y padre de Carmen Luisa y Rosita Clara (muerta en 1954). No sólo revelan la visión que de Violeta tuvieron esos hombres tan cercanos a ella en momentos determinantes de su vida. Eran hombres inteligentes y comprometidos, que la amaron, pero estaban imposibilitados de seguirla en su vuelo creador por su calidad de obreros condenados a un trabajo duro. Cereceda destaca algo importantísimo: “Eso sí, escribía mucho, tenía muchos poemas, yo no sé que habrá pasado con esas cosas. Para escribir tenía una facilidad tremenda, era una maravilla, mucho más que para tocar la guitarra”. Y recuerda la mención honrosa que obtuvo en un concurso literario de Quillota. Luis Cereceda no olvida el primer premio que ganó en un concurso de baile español, organizado por los recién venidos en el Winnipeg, en 1944. En aquella época, señala, Violeta comienza a dedicarse a la política, junto al Partido Comunista. Los esposos abren en su propia casa una secretaría para la campaña presidencial de Gabriel González Videla y Violeta, por iniciativa propia, organiza un comité de dueñas de casa. Violeta agarra vuelo, canta en quintas de recreo, se dedica más y más a su oficio y pasión. Hasta que el marido le dice: “Bueno, sigue con tu arte, yo me voy”.

Carmen Luisa, su hija menor -fallecida en 2007-, declara con desgarradora sinceridad cómo a ella le tocó hasta el final acompañarla en su dolor, su violencia, su depresión creciente; su intento de suicidio; sentir desde sus estados de ánimo maravillosos hasta su amargura y llanto, su lamento porque “todo el mundo la había dejado. Estaba tan sola, abandonada de los hijos”. Y algo terrible para una creadora, “se le había acabado su vena”. Carmen Luisa constata que el único lazo de inconmovible afecto y comprensión se lo proporcionó su hermano Nicanor. Ella sintió el disparo ese domingo 5 de febrero de 1967 y fue la primera en ver a su madre tirada en el suelo. Resalta que el día anterior había almorzado con su hermano Nicanor, él preocupado por su estado de ánimo trató de estimularla indicándole un derrotero: “¿Por qué no te escribís una novela, Violeta?”. Ella desechó la idea: “No, guachito… Escríbetela vos mejor, yo estoy muy cansada”. Y Nicanor tiene patentes esas palabras dichas “con una voz muy rara en ella: ‘Sí, voy a descansar… voy a descansar’”. Luego le ofreció: “Te voy a cantar una canción. Se llama Un domingo en el cielo”. 

Taller de creación


Gastón Soublette, profesor de estética, musicólogo y compositor formado en Francia, la conoció en la Radio Chilena, donde él era director de programas. No tardó en establecerse el vínculo y comenzaron a reunirse con Jorge Millas, poeta, el más importante filósofo chileno, constituyendo un verdadero taller de creación. Este académico e historiador del arte reconoce que, gracias a su encuentro con Violeta Parra, aprendió la importancia de la tradición popular poética y musical, géneros como el canto “a lo divino” y “a lo humano” y el empleo de la décima, forma tan clásica y culta. Además, Soublette realizó algo muy importante: la notación musical de las composiciones de Violeta, notación que ella no conocía, aunque había inventado una especie de registro propio. En cuanto a su voz, muchos decían que era lo único que ella no tenía, pero Soublette destaca su “voz convincente, expresiva”. Lamenta que se hayan reído de ella por su canto “a lo divino”. Esto es muy importante porque -aunque él no lo dice-, revela lo transgresor de Violeta, ya que por tradición, el “canto a lo divino” sólo es interpretado por hombres.

Ella quería darle una suerte de residencia fija a la utopía. En 1965 levantó una carpa-peña en Maipú, que después trasladó a la comuna de La Reina. La carpa tenía una capacidad para mil personas. Allí, Violeta decidió vivir, cantar y recibir a sus amigos. La imaginaba como un gran centro de arte. Sobre todo, quería que llegaran los jóvenes. Pero no aparecieron y ralearon los amigos. El vecindario la rechazó por los ruidos. Le cortaron la luz...
Entrevistada por René Largo Farías, en 1966, dijo: “Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el público. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicería ni pintura ni poesía, así, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”.
Llegó el 5 de febrero de 1967. 
El resto no es silencio. A ello contribuyen Patricia Stambuk y Patricia Bravo con su elocuente y luminoso Violeta Parra el canto de todos.


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 751, 20 de enero, 2012)
revistapuntofinal@movistar.cl
www.puntofinal.cl
www.pf-memoriahistorica.org

 

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Punto Final
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Patricia Bravo y Patricia Stambuk, legítimas autoras de "Violeta Parra, el canto de todos", publicaron este modelo del género testimonial bajo el sello editorial Pehuén. Lo escribieron cuando estudiaban periodismo en la Universidad de Chile y participaban en un seminario sobre testimonios, en 1970. Para realizarlo, entrevistaron a los familiares y amigos más directos de Violeta. El golpe militar y la prejuiciada minusvaloración de tan importante obra, impidió la publicación, aunque circularon versiones parciales, sobre todo en el extranjero, donde no se les reconoció el crédito y, por cierto, muchos la usaron apropiándose de un trabajo señero. Cuarenta años después, aparece la edición definitiva que Patricia Bravo alcanzó a revisar y corregir antes de morir. El que quedara por primera vez en evidencia su autoría, constituye un hecho irrefutable y valioso.

En su trabajo, las noveles periodistas demostraron estar muy al día en lo tecnológico, pues usaban grabadora, algo muy poco frecuente en esa época. Patricia Stambuk compró en Punta Arenas una grande, de buena calidad y en lo práctico, era casi como llevar otra cartera. Este detalle es interesante, porque los testimonios tienen ese valor agregado de ser fidedignos y conservar el habla de cada informante.
Por sobre todo impresiona el respeto de las entrevistadoras para con sus entrevistados. Ellas desaparecen por completo, sin intervenir ni conducir las declaraciones y les dejan el protagonismo. El resultado es una biografía compuesta con elegancia, de calidad literaria superior, veraz, intensa, carente por completo del embellecimiento del recuerdo. De las diversas voces va surgiendo el retrato de Violeta Parra, artista genial, violenta, en constante lucha, “a palos con el águila” con la miseria; incomprendida, tierna, feroz, desorganizada, pero rigurosa en la creación; desordenada, “al lote”, charra de vestimenta, ajena por completo a la moda; decidida a volar y vivir como los pájaros sin someterse a ninguna atadura.

Muchas humillaciones


“Tuvo que pasar muchas rabias, muchas humillaciones hasta con sus compañeros. Le oían cantar una canción a lo divino y decían que estaba ‘cucú’”, dice su hermana Hilda. Para Violeta, lo macabro no sólo se desplegaba en el arreglo de los “angelitos”, poseía un tremendo enganche con la muerte. A su hija Carmen Luisa le advirtió: “Cuando uno quiere matarse, se mata calladita; yo nunca voy a decirte que mañana voy a matarme o que tengo ganas de matarme”. A Héctor Pavez le dijo: “Hay que morirse. Uno tiene que decidir la muerte ¡mandarla! No que la muerte venga a uno”.
Margot Loyola acuña una expresión admirable para definirla: “No le gustaba la permanencia”. Esto que se aplicaría a la renovación de sus amores, se extiende a su inquietud constante, a su búsqueda incansable, al desafío, al reto, a su tenacidad, a la gran aventura. 

Entrañables voces son las de su madre, Clarisa Sandoval, y sus hermanos Roberto, Lautaro, Oscar. Fueron sus amigos y la admiraron algunos de los más notables intelectuales de mediados del siglo XX: el fotógrafo Sergio Larraín, el director de Proarte, Enrique Bello, Tomás Lago, quien fue director del Museo de Arte Popular Americano, el arquitecto Fernán Meza.
Asombrosa aventura fue su llegada al Museo del Louvre, con la dirección en un papel que llevaba en la mano. La aceptaron, luego la rechazaron. Insistió entre lágrimas. ¡La aceptaron! Y hasta le dieron permiso para trabajar en el mismo Louvre; allí terminó la arpillera del Combate Naval de Iquique. Expuso sesenta y una obras: tapices, máscaras, esculturas en alambre, pinturas, en el Pabellón de Marsan -que se encuentra en el extremo noroeste del palacio del Louvre. Desde 1905, éste y los edificios adyacentes se dedican a las artes decorativas-. Hasta ella llegaron directores de museos de diversas ciudades europeas; a Roberto Matta le gustó todo y prometió ayudarla; hasta le ofrecieron un palacio italiano para exponer. Ella seguía ofreciendo funciones en el teatro.
Las autoras destacan que los instrumentos indispensables de Violeta eran la guitarra, el cuaderno y el lápiz. Ella escribió siempre, desde muchachita. Esa escritura, y su crear constante le permitieron superar las injusticias, el hambre e incomprensiones. Escribió y escribió toda la mañana el día que tomó la decisión inexorable. ¿Esos escritos, qué se hicieron?

Testimonio de los maridos

Entre sus muchos méritos, el libro contiene los fieles testimonios tanto de Luis Cereceda, primer marido y padre de Angel e Isabel, como de Luis Arce, su segundo marido y padre de Carmen Luisa y Rosita Clara (muerta en 1954). No sólo revelan la visión que de Violeta tuvieron esos hombres tan cercanos a ella en momentos determinantes de su vida. Eran hombres inteligentes y comprometidos, que la amaron, pero estaban imposibilitados de seguirla en su vuelo creador por su calidad de obreros condenados a un trabajo duro. Cereceda destaca algo importantísimo: “Eso sí, escribía mucho, tenía muchos poemas, yo no sé que habrá pasado con esas cosas. Para escribir tenía una facilidad tremenda, era una maravilla, mucho más que para tocar la guitarra”. Y recuerda la mención honrosa que obtuvo en un concurso literario de Quillota. Luis Cereceda no olvida el primer premio que ganó en un concurso de baile español, organizado por los recién venidos en el Winnipeg, en 1944. En aquella época, señala, Violeta comienza a dedicarse a la política, junto al Partido Comunista. Los esposos abren en su propia casa una secretaría para la campaña presidencial de Gabriel González Videla y Violeta, por iniciativa propia, organiza un comité de dueñas de casa. Violeta agarra vuelo, canta en quintas de recreo, se dedica más y más a su oficio y pasión. Hasta que el marido le dice: “Bueno, sigue con tu arte, yo me voy”.

Carmen Luisa, su hija menor -fallecida en 2007-, declara con desgarradora sinceridad cómo a ella le tocó hasta el final acompañarla en su dolor, su violencia, su depresión creciente; su intento de suicidio; sentir desde sus estados de ánimo maravillosos hasta su amargura y llanto, su lamento porque “todo el mundo la había dejado. Estaba tan sola, abandonada de los hijos”. Y algo terrible para una creadora, “se le había acabado su vena”. Carmen Luisa constata que el único lazo de inconmovible afecto y comprensión se lo proporcionó su hermano Nicanor. Ella sintió el disparo ese domingo 5 de febrero de 1967 y fue la primera en ver a su madre tirada en el suelo. Resalta que el día anterior había almorzado con su hermano Nicanor, él preocupado por su estado de ánimo trató de estimularla indicándole un derrotero: “¿Por qué no te escribís una novela, Violeta?”. Ella desechó la idea: “No, guachito… Escríbetela vos mejor, yo estoy muy cansada”. Y Nicanor tiene patentes esas palabras dichas “con una voz muy rara en ella: ‘Sí, voy a descansar… voy a descansar’”. Luego le ofreció: “Te voy a cantar una canción. Se llama Un domingo en el cielo”. 

Taller de creación


Gastón Soublette, profesor de estética, musicólogo y compositor formado en Francia, la conoció en la Radio Chilena, donde él era director de programas. No tardó en establecerse el vínculo y comenzaron a reunirse con Jorge Millas, poeta, el más importante filósofo chileno, constituyendo un verdadero taller de creación. Este académico e historiador del arte reconoce que, gracias a su encuentro con Violeta Parra, aprendió la importancia de la tradición popular poética y musical, géneros como el canto “a lo divino” y “a lo humano” y el empleo de la décima, forma tan clásica y culta. Además, Soublette realizó algo muy importante: la notación musical de las composiciones de Violeta, notación que ella no conocía, aunque había inventado una especie de registro propio. En cuanto a su voz, muchos decían que era lo único que ella no tenía, pero Soublette destaca su “voz convincente, expresiva”. Lamenta que se hayan reído de ella por su canto “a lo divino”. Esto es muy importante porque -aunque él no lo dice-, revela lo transgresor de Violeta, ya que por tradición, el “canto a lo divino” sólo es interpretado por hombres.

Ella quería darle una suerte de residencia fija a la utopía. En 1965 levantó una carpa-peña en Maipú, que después trasladó a la comuna de La Reina. La carpa tenía una capacidad para mil personas. Allí, Violeta decidió vivir, cantar y recibir a sus amigos. La imaginaba como un gran centro de arte. Sobre todo, quería que llegaran los jóvenes. Pero no aparecieron y ralearon los amigos. El vecindario la rechazó por los ruidos. Le cortaron la luz...
Entrevistada por René Largo Farías, en 1966, dijo: “Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el público. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicería ni pintura ni poesía, así, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”.
Llegó el 5 de febrero de 1967. 
El resto no es silencio. A ello contribuyen Patricia Stambuk y Patricia Bravo con su elocuente y luminoso Violeta Parra el canto de todos.


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 751, 20 de enero, 2012)
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Patricia Bravo y Patricia Stambuk, legítimas autoras de "Violeta Parra, el canto de todos", publicaron este modelo del género testimonial bajo el sello editorial Pehuén. Lo escribieron cuando estudiaban periodismo en la Universidad de Chile y participaban en un seminario sobre testimonios, en 1970. Para realizarlo, entrevistaron a los familiares y amigos más directos de Violeta. El golpe militar y la prejuiciada minusvaloración de tan importante obra, impidió la publicación, aunque circularon versiones parciales, sobre todo en el extranjero, donde no se les reconoció el crédito y, por cierto, muchos la usaron apropiándose de un trabajo señero. Cuarenta años después, aparece la edición definitiva que Patricia Bravo alcanzó a revisar y corregir antes de morir. El que quedara por primera vez en evidencia su autoría, constituye un hecho irrefutable y valioso.

En su trabajo, las noveles periodistas demostraron estar muy al día en lo tecnológico, pues usaban grabadora, algo muy poco frecuente en esa época. Patricia Stambuk compró en Punta Arenas una grande, de buena calidad y en lo práctico, era casi como llevar otra cartera. Este detalle es interesante, porque los testimonios tienen ese valor agregado de ser fidedignos y conservar el habla de cada informante.
Por sobre todo impresiona el respeto de las entrevistadoras para con sus entrevistados. Ellas desaparecen por completo, sin intervenir ni conducir las declaraciones y les dejan el protagonismo. El resultado es una biografía compuesta con elegancia, de calidad literaria superior, veraz, intensa, carente por completo del embellecimiento del recuerdo. De las diversas voces va surgiendo el retrato de Violeta Parra, artista genial, violenta, en constante lucha, “a palos con el águila” con la miseria; incomprendida, tierna, feroz, desorganizada, pero rigurosa en la creación; desordenada, “al lote”, charra de vestimenta, ajena por completo a la moda; decidida a volar y vivir como los pájaros sin someterse a ninguna atadura.

Muchas humillaciones


“Tuvo que pasar muchas rabias, muchas humillaciones hasta con sus compañeros. Le oían cantar una canción a lo divino y decían que estaba ‘cucú’”, dice su hermana Hilda. Para Violeta, lo macabro no sólo se desplegaba en el arreglo de los “angelitos”, poseía un tremendo enganche con la muerte. A su hija Carmen Luisa le advirtió: “Cuando uno quiere matarse, se mata calladita; yo nunca voy a decirte que mañana voy a matarme o que tengo ganas de matarme”. A Héctor Pavez le dijo: “Hay que morirse. Uno tiene que decidir la muerte ¡mandarla! No que la muerte venga a uno”.
Margot Loyola acuña una expresión admirable para definirla: “No le gustaba la permanencia”. Esto que se aplicaría a la renovación de sus amores, se extiende a su inquietud constante, a su búsqueda incansable, al desafío, al reto, a su tenacidad, a la gran aventura. 

Entrañables voces son las de su madre, Clarisa Sandoval, y sus hermanos Roberto, Lautaro, Oscar. Fueron sus amigos y la admiraron algunos de los más notables intelectuales de mediados del siglo XX: el fotógrafo Sergio Larraín, el director de Proarte, Enrique Bello, Tomás Lago, quien fue director del Museo de Arte Popular Americano, el arquitecto Fernán Meza.
Asombrosa aventura fue su llegada al Museo del Louvre, con la dirección en un papel que llevaba en la mano. La aceptaron, luego la rechazaron. Insistió entre lágrimas. ¡La aceptaron! Y hasta le dieron permiso para trabajar en el mismo Louvre; allí terminó la arpillera del Combate Naval de Iquique. Expuso sesenta y una obras: tapices, máscaras, esculturas en alambre, pinturas, en el Pabellón de Marsan -que se encuentra en el extremo noroeste del palacio del Louvre. Desde 1905, éste y los edificios adyacentes se dedican a las artes decorativas-. Hasta ella llegaron directores de museos de diversas ciudades europeas; a Roberto Matta le gustó todo y prometió ayudarla; hasta le ofrecieron un palacio italiano para exponer. Ella seguía ofreciendo funciones en el teatro.
Las autoras destacan que los instrumentos indispensables de Violeta eran la guitarra, el cuaderno y el lápiz. Ella escribió siempre, desde muchachita. Esa escritura, y su crear constante le permitieron superar las injusticias, el hambre e incomprensiones. Escribió y escribió toda la mañana el día que tomó la decisión inexorable. ¿Esos escritos, qué se hicieron?

Testimonio de los maridos

Entre sus muchos méritos, el libro contiene los fieles testimonios tanto de Luis Cereceda, primer marido y padre de Angel e Isabel, como de Luis Arce, su segundo marido y padre de Carmen Luisa y Rosita Clara (muerta en 1954). No sólo revelan la visión que de Violeta tuvieron esos hombres tan cercanos a ella en momentos determinantes de su vida. Eran hombres inteligentes y comprometidos, que la amaron, pero estaban imposibilitados de seguirla en su vuelo creador por su calidad de obreros condenados a un trabajo duro. Cereceda destaca algo importantísimo: “Eso sí, escribía mucho, tenía muchos poemas, yo no sé que habrá pasado con esas cosas. Para escribir tenía una facilidad tremenda, era una maravilla, mucho más que para tocar la guitarra”. Y recuerda la mención honrosa que obtuvo en un concurso literario de Quillota. Luis Cereceda no olvida el primer premio que ganó en un concurso de baile español, organizado por los recién venidos en el Winnipeg, en 1944. En aquella época, señala, Violeta comienza a dedicarse a la política, junto al Partido Comunista. Los esposos abren en su propia casa una secretaría para la campaña presidencial de Gabriel González Videla y Violeta, por iniciativa propia, organiza un comité de dueñas de casa. Violeta agarra vuelo, canta en quintas de recreo, se dedica más y más a su oficio y pasión. Hasta que el marido le dice: “Bueno, sigue con tu arte, yo me voy”.

Carmen Luisa, su hija menor -fallecida en 2007-, declara con desgarradora sinceridad cómo a ella le tocó hasta el final acompañarla en su dolor, su violencia, su depresión creciente; su intento de suicidio; sentir desde sus estados de ánimo maravillosos hasta su amargura y llanto, su lamento porque “todo el mundo la había dejado. Estaba tan sola, abandonada de los hijos”. Y algo terrible para una creadora, “se le había acabado su vena”. Carmen Luisa constata que el único lazo de inconmovible afecto y comprensión se lo proporcionó su hermano Nicanor. Ella sintió el disparo ese domingo 5 de febrero de 1967 y fue la primera en ver a su madre tirada en el suelo. Resalta que el día anterior había almorzado con su hermano Nicanor, él preocupado por su estado de ánimo trató de estimularla indicándole un derrotero: “¿Por qué no te escribís una novela, Violeta?”. Ella desechó la idea: “No, guachito… Escríbetela vos mejor, yo estoy muy cansada”. Y Nicanor tiene patentes esas palabras dichas “con una voz muy rara en ella: ‘Sí, voy a descansar… voy a descansar’”. Luego le ofreció: “Te voy a cantar una canción. Se llama Un domingo en el cielo”. 

Taller de creación


Gastón Soublette, profesor de estética, musicólogo y compositor formado en Francia, la conoció en la Radio Chilena, donde él era director de programas. No tardó en establecerse el vínculo y comenzaron a reunirse con Jorge Millas, poeta, el más importante filósofo chileno, constituyendo un verdadero taller de creación. Este académico e historiador del arte reconoce que, gracias a su encuentro con Violeta Parra, aprendió la importancia de la tradición popular poética y musical, géneros como el canto “a lo divino” y “a lo humano” y el empleo de la décima, forma tan clásica y culta. Además, Soublette realizó algo muy importante: la notación musical de las composiciones de Violeta, notación que ella no conocía, aunque había inventado una especie de registro propio. En cuanto a su voz, muchos decían que era lo único que ella no tenía, pero Soublette destaca su “voz convincente, expresiva”. Lamenta que se hayan reído de ella por su canto “a lo divino”. Esto es muy importante porque -aunque él no lo dice-, revela lo transgresor de Violeta, ya que por tradición, el “canto a lo divino” sólo es interpretado por hombres.

Ella quería darle una suerte de residencia fija a la utopía. En 1965 levantó una carpa-peña en Maipú, que después trasladó a la comuna de La Reina. La carpa tenía una capacidad para mil personas. Allí, Violeta decidió vivir, cantar y recibir a sus amigos. La imaginaba como un gran centro de arte. Sobre todo, quería que llegaran los jóvenes. Pero no aparecieron y ralearon los amigos. El vecindario la rechazó por los ruidos. Le cortaron la luz...
Entrevistada por René Largo Farías, en 1966, dijo: “Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el público. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicería ni pintura ni poesía, así, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”.
Llegó el 5 de febrero de 1967. 
El resto no es silencio. A ello contribuyen Patricia Stambuk y Patricia Bravo con su elocuente y luminoso Violeta Parra el canto de todos.


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 751, 20 de enero, 2012)
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La Ventana

 

Presentó el escritor uruguayo su libro Espejos, Premio de narrativa José María Arguedas 2011. La Ventana comparte algunos textos leídos por el autor este martes 17 de enero, en el que incluyó segmentos de su próximo volumen Los hijos de los días

 

Dieron las cuatro de la tarde y ante una sala Che Guevara atestada, como podía preverse, Eduardo Galeano desandó para el público cubano ?con voz pausada y mirada cómplice, de esas de quien se siente en casa, en su Casa? fragmentos de sus más recientes libros: Los hijos de los días, volumen próximo a publicarse, y Espejos. Una historia casi universal, distinguido con el Premio de narrativa José María Arguedas 2011.

Según expresó el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar “este es un día muy hermoso para la Casa de las Américas, en el que volvemos a tener a alguien que nunca se fue, el hermano Eduardo Galeano, que ayer nos conmovió a todos con el que, sin dudas, es el elogio más hermoso hecho a su Casa de las Américas”. 

Durante la presentación, Retamar, quien obsequió al autor de Memorias del fuego una obra del artista cubano Roberto Fabelo, señaló: “no se suele decir que los profesores, los maestros, aprenden mucho de sus alumnos, y tampoco se suele decir que en ocasiones ?y de esto puedo dar testimonio directo? los premiados por la Casa de las Américas, premian a la Casa de las Américas, este es el caso de este libro. Eduardo hizo el más grande elogio de la Casa cuando mereció y recibió entusiasmado este premio honorario”. 

Al comenzar, Galeano retribuyó “este calor humano que he vuelto a recibir en Cuba y, muy especialmente, el calor humano que mi Casa, la Casa de las Américas, me ha brindado siempre”. 

Igualmente, el narrador agradeció “este premio que lleva el nombre de un hombre por mí admirado y amado, José María Arguedas, que murió, se suicidó, en el Perú, cuando ya no pudo soportar la guerra que en sus adentros liberaban las dos mitades de su país roto: la mitad quechua, la mitad española; la mitad vencida, la mitad vencedora”. 

Con este reconocimiento, Galeano recordó la emoción al leer por primera vez al escritor peruano, “porque Arguedas se entregaba en cada página, abría el pecho y se entregaba […] y ese hombre a quien nunca conocí en persona pero de quien me sentí muy, pero muy cercano, me enseñó a penetrar en las profundidades de América, de todas sus tragedias y sus fiestas posibles”. 

Arguedas lo condujo a Juan Carlos Onetti, de quien ha confesado ser un discípulo privilegiado, pues el autor de Juntacadáveres ?cuenta Galeano? tenía fama de ser malhumorado. Sin embargo, solo frente a un fragmento de la novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo, del peruano vio por primera vez emocionado a su maestro. El texto decía “Ahora estoy en Santiago de Chile, pero querría estar en Montevideo, encontrarme con Onetti para apretarle la mano con que escribe”. 

Inició, entonces, su lectura ?dedicada a Arguedas y a Onetti, en un acto simbólico de “apretarles las manos con que escriben”? echando mano a unas páginas sueltas pertenecientes a Los hijos de los días y compartió con el público ?que también lo escuchaba a través de altavoces ubicados en los exteriores de la Casa? la génesis de este volumen que verá luz en marzo próximo en varios países de América y en España. 

De Los hijos de los días reproducimos algunos fragmentos de la veintena de textos que compartió.
    Y los días se echaron a caminar, y nos hicieron a nosotros, que así fuimos nacidos, nosotros, los hijos de los días, los averiguadores, los buscadores de la vida. 

    Enero 15. El zapato.

    En 1919, la revolucionaria Rosa Luxemburgo fue asesinada en Berlín. Los asesinos la rompieron a golpe de fusil y la arrojaron a las aguas de un canal. En el camino perdió un zapato. Alguna mano recogió ese zapato tirado en el barro. Rosa había vivido su vida entera peleando por un mundo donde la justicia no sería sacrificada en nombre de la libertad, ni la libertad sería sacrificada en nombre de la justicia. Cada día, alguna mano recoge esa bandera tirada en el barro, como el zapato. 

    Marzo 9. El día que México invadió a los Estados Unidos.

    En la madrugada de hoy, del año 1916, Pancho Villa atravesó la frontera y encendió la ciudad de Columbus, mató a algunos soldados, se llevó unos cuantos caballos y municiones, y al día siguiente regresó a México para contar su hazaña. Esta fugaz incursión de los jinetes de Pancho Villa fue la única invasión que los Estados Unidos sufrieron en toda su historia. 

    En cambio, este país ha invadido y sigue invadiendo casi todo el mundo. Desde 1947 su ministerio de guerra se llama Ministerio de Defensa, y su presupuesto de guerra se llama presupuesto de Defensa. El nombre es un enigma más indescifrable que el misterio de la Santísima Trinidad.
Concluyó luego con segmentos de Espejos, como una especie de preámbulo a las lecturas que iniciarían los centenares de personas que se aglomeraban a la espera del libro, aún con olor a tinta fresca. 

De Espejos. Una historia casi universal
    Caminos de alta fiesta

    ¿Adán y Eva eran negros? 

    En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el Sol se ocupó del reparto de los colores. 

    Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos, toditos somos, africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África. 

    Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido. 

    Fundación de los abrazos

    En Irak nació el primer poema de amor de la literatura universal, miles de años antes de su devastación: 

    Que el cantor teja en cantares esto que voy a contarte. El canto contó, en lengua sumeria, el encuentro de una diosa y un pastor. 

    Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche. 

    Fundación de la belleza

    Están allí, pintadas en las paredes y en los techos de las cavernas. Estas figuras, bisontes, alces, osos, caballos, águilas, mujeres, hombres, no tienen edad. Han nacido hace miles y miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira. 

    ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos, pintar de tan delicada manera? ¿Cómo pudieron ellos, esos brutos que a mano limpia peleaban contra las bestias, crear figuras tan llenas de gracia? ¿Cómo pudieron ellos dibujar esas líneas volanderas que escapan de la roca y se van al aire? ¿Cómo pudieron ellos...? ¿O eran ellas?

    Fuente : www.rebelion.org
 

postheadericon Una página perdida, una inmensa biblioteca

Noticias - Política
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Jaque Perpetuo
megaupload


Según la información facilitada por las autoridades estadounidenses, Megaupload ha sido cerrado por el FBI, en virtud de un presunto delito contra la propiedad intelectual. Se trata del mayor servicio mundial de alojamiento de archivos en Internet, que prestaba servicio a más de 150 millones de usuarios, lo que genera dudas sobre el destino de la información incautada por los agentes policiales, y su incidencia sobre el derecho fundamental a la intimidad y a la inviolabilidad de las comunicaciones de los ciudadanos.

De conformidad con la legislación española, solo mediante resolución judicial motivada se puede proceder al registro e incautación de documentación y correspondencia privada, así como a la interceptación de comunicaciones. El Código Penal castiga como autor de un delito de revelación de secretos a quien sin estar autorizado, se apodere de datos reservados de carácter personal registrados en sistemas informáticos.

A la espera de más información contrastada sobre la operación, y en especial la que pueda facilitar la defensa de las personas acusadas, los ciudadanos españoles que tenían cuentas abiertas en Megaupload deberían recopilar el máximo de información sobre los archivos que tuviesen alojados, a efectos de una eventual reclamación.

Los conflictos entre propiedad intelectual y los derechos fundamentales a la libertad de expresión y a la privacidad de los ciudadanos deberían resolverse a favor de estos últimos derechos. El intento por parte del Congreso estadounidense de aprobar la ley SOPA, mediante la cual se puede intervenir sobre servicios de internet en cualquier parte del mundo, ha dado lugar a la mayor movilización de la historia de internet, evidenciado en el cierre protesta de servicios como Wikipedia.

Durante los dos últimos años, en España ha tenido lugar un largo conflicto social y político alrededor de la aprobación de la normativa conocida popularmente como Ley Sinde-Wert, que pretende dotar a la autoridad administrativa de potestades para interrumpir servicios de internet, estableciendo en la práctica una ley de prensa digital que permitiría cerrar páginas web. El riesgo de censura es demasiado alto, pudiendo afectar al derecho fundamental a la libertad de expresión.

Pese a afectar a millones de personas, el cierre de páginas como Megaupload no conseguirá evitar que los ciudadanos continúen compartiendo cultura a través de internet. Antes al contrario, el ataque a una parte de la red supondrá un reforzamiento de su tejido global: los sistemas centralizados como Megaupload darán paso a redes distribuidas de compartición de archivos, cifradas e invulnerables a la intervención gubernamental.

Es necesario un equilibrio entre el derecho de los autores a percibir una remuneración justa por sus obras y el derecho de los ciudadanos al acceso a la cultura en libertad. Las operaciones de propaganda de gobiernos nacionales entorpecerán el diálogo necesario para conseguir ese equilibrio, pero no podrán detener el avance de la tecnología. Una tecnología que en el ámbito de internet es la mayor garantía de libertad.

Megaupload solo era una página. Entre todos, estamos construyendo una inmensa biblioteca.

   Fuente :   http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/jaqueperpetuo/2012/01/20/una-pagina-perdida-una-inmensa.html

 

 

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Martes y jueves de

- 10pm a 1.30 am hora argentina

- 8 pm Mexico-8.30 pm Venezuela

- 3 am España

Programa dedicado a la difusión de la música cubana, en especial a la trova más contemporánea.

Compartiremos noches de música y palabras, con entrevistas a los trovadores que suenan en La Rosa y con la participación de todos los oyentes. Nos une y hermana la pasión por la música cubana.

La Rosa de los vientos tiene 3 años al aire,  años de transitar ritmos, colores, sabores amores y desamores, los espero para seguir siendo los protagonistas de este espacio, que gracias a los oyentes y a los trovadores se puebla cada noche de magia y de sorpresas.

Gracias a Redoikos por darme la posibilidad de continuar con este sueño y esta misión que llevo adelante con enorme placer cada día

La Tere

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